Monday, August 21, 2006

Viajar a Comala

"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo".../..."Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo".../..."Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tatno decírselo se lo seguí diciendo después que a mis manos les costó trabajo zafarse."
Así comienza Pedro Páramo, yo por mi parte llegué a Comala de la mano de Lucía. Recuerdo a Lucía en tardes grises, sentada a los pies del cruceiro que ya no está en la plaza que ya no existe, advirtiendo una vez más, que Rulfo, el inefable, había muerto llevándose consigo y para siempre su próxima obra largamente prometida. Ese ir de la euforia a la desidia también nos acercaba más a Juan Rulfo, lo hacía más nuestro. Pero nada, nada, consolaba a Lucía del recuerdo reivivido de su muerte, se deshacía en llanto de pensar que ya no podía esperar nada nuevo de Rulfo. Quizás, seguro, que Onetti es su autor. Sin embargo para mí, el mundo de Comala está unido inexorablemente a mi amistad con Lucía. Nunca tendré tiempo ni memoria suficientes para agradecerle este y otros muchos, muchos libros más que descubrí y disfruté gracias a ella.

De cronopios y de famas

INESPERADAMENTE EQUIVOCADO DE TREN EN LUGAR 7.21 TOMÉ 8.24 ESTOY EN SITIO RARO. HOMBRES SINIESTROS CUENTAN ESTAMPILLAS. LUGAR ALTAMENTE LUGUBRE. NO CREO APRUEBEN TELEGRAMA. PROBABLEMENTE CAERÉ ENFERMO. TE DIJE QUE DEBIA TRAER BOLSA AGUA CALIENTE. MUY DEPRIMIDO SIÉNTOME ESCALON ESPERAR TREN VUELTA. ARTURO.
Este es uno de los telegramas de cronopios sólo una muestra de este impagable regalo de Cortázar que es Historias de cronopios y de famas.
Una brevísima mirada bastará, para tras la mención del sentado del tigre o del comportamiento en los velorios, encontrar un hermano entre extraños, será el que devuelva una sonrisa cómplice y, de no haber esperanzas al acecho, baile cátala y tregua y por un momento, instante pleno y dichoso, nos haga sentir menos solos en el universo.
Tengo una amiga que era cronopio, no sólo por lo despistada, olvidadiza, indolente y negligente sino por lo divertida, audaz, ingeniosa e inesperada. Nunca antes nadie se había dejado olvidado un zapato en un taxi con tanta elegancia, perdido consecutivamente ante un examen de estadística gafas y calculadora, ¡dos veces! Con el tiempo y esfuerzo la vida la ha ido haciendo fama y ahora es una brillante profesional y diligente madre de familia, que ya no pierde trenes ni autobuses y hasta se sabe los horarios. Sin embargo, algo del antiguo cronopio sigue durmiendo en su alma y de ella puedes recibir urgentes llamadas sobre sillitas de seguridad y pasaportes desde el aeropuerto, en el que pretende tomar un avión con destino extracomunitario, para lo cual, por supuesto la documentación no le alcanza. Y esto es algo que a los amigos, lejos de alarmarnos, nos reconforta porque nos devuelve un algo de juventud y la certeza de que, por lo menos, en esperanza no se nos convierte.

Saturday, June 24, 2006

Buenos recuerdos del colegio

A una profesora del colegio, de cuyo nombre ni me acuerdo, nunca le agradeceré lo bastante el haber propiciado mi encuentro con esta novela, que no seré capaz de ensalzar lo suficiente, que me acompaña en tantas y tantas ocasiones y nunca me falla, porque el viejo Twain nunca dejará de ser capaz de levantaros el ánimo. Pero ¡tened cuidado! Ay del insensato que se deje embaucar por lecturas tales como Taladrad, hermanos, taladrad. Sí, el sentido del humor de este autor puede hacer que sea él quien se divierta a nuestra costa desde su tumba.

Lecturas familiares

Mi padre, quizás el lector más empedernido que haya conocido. De las fotos que conservo de él, en ninguna está leyendo. Sin embargo es como yo lo recuerdo, sumido en la lectura, arqueando ligerísimamente las cejas, frunciendo levemente los labios o esbozando una sonrisa. Antes de saber leer ya quería participar de todo aquello, pero tal vez, lo que más deseé a su lado fue ser capaz de crear el prodigio que lo embargaba de aquella manera. Ser capaz de provocarle ese estado de encantamiento con mis palabras. De sus autores, su imprescindible Somerset Maugham, el desconocidísimo, hoy en día, Axel Munthe, Wilde, Maurois, y tantos otros. Su tema más recurrente, la II Guerra Mundial, de la que estoy aún hoy sobredocumentada y su héroe Churhill, cuyas varias biografías y obras completas aún no leí. Lo que nunca entendió, mi pasión por los autores latinoamericanos del s.XX pero no por eso dejó de comprarme Cien años de soledad. De sus libros con los que aún convivo me quedo con este ejemplar de Lorca, adquirido y poseído, en un alarde de audacia, en los años cincuenta.

A los 18...


De mi hermano, Guiller, para mi décimo octavo cumpleaños, conservo este regalo. Esta forma precisa y sutil de iniciarme en la compleja realidad de los hechos, donde al final la vida como nos enseña la, por entonces jovencísima periodista, Oriana Fallaci, es eso: nada y así sea. Es el libro ideal para los jóvenes ansiosos por entender el mundo.

Hallazgos recientes

Alicia descubrió hace un año en la libuteca a Maisy, inmediatamente me contagié de su admiración por los intensos colores, los trazos sencillos y por cómo a tan extraordinaria pandilla le ocurren las cosas más ordinarias.

Hace tanto tiempo

Esta preciosa adaptación de la Leyenda de los Nibelungos, se la debo a mi madre, mucho, mucho antes de saber nada del Señor de los anillos, tuve la suerte de saborearla. Siempre pensé que era un libro de su infancia, sólo hace poco reparé en la fecha de impresión, a ¡sus veinticinco años! ¿lo compró quizás pensando en sus futuros hijos? Porque entonces ¿me lo dio a mí? La tercera de ellos. Ya nunca lo sabremos, pero sólo tocar su delicada tela, sus dorados, me traen a la mente la amplia sonrisa que ella me regaló junto al libro, ¿qué enigma guardaba aquella sonrisa?

Leer por placer

Los libros. Alguien me preguntó en una ocasión, ¿por qué me parecía tan importante leer libros? Fue hace años, sigo reflexionando y cada vez me parece menos importante leer libros. Estar informado, discernir lo esencial de lo superfluo, entender el medio en que te desenvuelves, conseguir ventajas competitivas accediendo a la información pertinente en el momento oportuno, eso sí es importante. Pero este debate lo reservo a mis colegas que desde cada esquina del ancho mundo, cada día intentan, describir, clasificar, indizar, resumir, enlazar, ordenar, …la información que se multiplica.

Pero los libros impresos. Reductos de la literatura o del pensamiento más reposado, de la memoria que el tiempo macera y alambica resultando sabrosos y delicados frutos. Cuatrocientos catorce años antes de mi nacimiento se imprimió el primer libro con tipos móviles, mil doscientas ochenta y cuatro hojas con dos columnas de cuarenta y dos líneas con huecos para que las hermosas capitales fueran rubricadas a mano, entre sus caracteres góticos a la manera de los manuscritos alemanes del siglo XV. De los, aproximadamente ciento setenta ejemplares que se imprimieron, treinta eran en pergamino y el resto en papel. Se considera por los expertos uno de los libros más bellos jamás impresos. Huelga decir la proliferación de la palabra impresa desde entonces. Entre toda ella, me interesa ahora esa dedicada al placer, a esa dicha que nos embarga cuando nos sumergimos en otra vida, otro paisaje, otros olores, sabores, cuando nos entregamos sin reservas a las palabras que alguien ha dejado ahí para nosotros.

Me desazona pensar que puedo morir sin llegar a cruzarme con el libro de mi vida. Pero ¿existirá ese único libro? Quiero decir, ¿no existen tantos libros como momentos, estados de ánimo, intereses, emociones, curiosidades, obsesiones, atracciones, sintamos en cada momento? Y ¿cómo llegamos a conocer primero, a leer después cada libro? A veces una cubierta nos llama la atención, una reseña en la prensa, la curiosidad o la vergüenza de no conocer a un clásico, pero las más de las veces, una persona nos habla del libro. Existen lazos tan estrechos como invisibles entre las personas que leen lo mismo.

Quiero dedicar este espacio a expresar el agradecimiento más profundo y sincero a todas aquellas personas que me dieron la oportunidad de conocer algunos de los libros que he leído. Quizás no sean los mejores libros que haya podido leer, seguro que pudiera haber pasado sin ellos, pero de cada uno de ellos por una razón u otra, guardo un especial recuerdo. Algunos removieron mi conciencia, otros me aligeraron el espíritu, otros sembraron en mí la duda, otros la calma. Muchos son archiconocidos y unos pocos extrañas joyas ocultas entre el maremagno de lo escrito.

Leer cada uno de ellos, así como conocer a las personas que me los han hecho llegar, ha hecho de mí lo que soy, sin ellos puede que no fuera ni mejor ni peor, pero en todo caso, sin libros, ni yo ni mi vida serían las mismas.